NUNCA TE DIRE ADIOS
Hay recuerdos que no vuelven… irrumpen. No llegan despacio, no piden permiso; simplemente aparecen, como una escena encendida en medio de la rutina, y lo cambian todo. Esta vez fue una canción. Bastó un acorde, una voz, una atmósfera, para que algo en mi interior se tensara, como si el alma reconociera antes que la memoria. Un nudo en la garganta, profundo, inevitable. Y entonces entendí: habían pasado más de veinticinco años… y sin embargo, yo seguía estando ahí. Volví a los años noventa, a una tarde que no parecía distinta a tantas otras, pero que terminó marcando un antes y un después. Mi primo Christian —a quien amo con todo mi corazón y que hoy está graduado en el cielo— llegó con una alegría que le desbordaba los ojos. Era la emoción pura de quien ha encontrado algo valioso y no puede guardárselo. “Primo, encontré una banda que te va a gustar”. En sus manos traía un cassette. De esos que llevaban más alma que perfección. Lo colocó, presionó play… y el mundo...