El año en que aprendí a soltar

 


La ciudad comienza a despertar lentamente. El ruido todavía no se decide a ser ruido, los autos avanzan con la calma de un día que recién se arma, y yo abro una libreta que llevaba demasiado tiempo cerrada. Vuelvo a escribir, no por costumbre, sino por necesidad. Hay silencios que pesan tanto que uno debe romperlos aunque duela.

Muchos creen que escribir es sencillo, que se trata de juntar palabras y ya. Pero escribir exige sinceridad, y la sinceridad no siempre se deja atrapar. Aun así, lo hago porque sé que alguien, en algún lugar, puede encontrar en estas líneas un espejo. Una compañía. Un “yo también”.

Ayer caminaba con mi hijo mayor. El viento golpeaba suave, moviéndonos la ropa, como si intentara ordenar también mis pensamientos. Y, sin pedir permiso, una canción de Pedro Suárez-Vértiz regresó desde la memoria. En ella comparaba la vida con un potro salvaje. La imagen se encendió como una escena de película: el mercadillo, las luces, la música de fondo, los niños aferrándose a un lugar en el columpio.

Así es la vida.
Te subes.
El potro salta.
Te arroja al piso.
Vuelves a subir.
Te sacude otra vez.
Insistes.
Cae.
Subes.
Hasta que, un día, descubres que si aprietas bien las piernas y te pegas al lomo, puedes aguantar un poco más. No porque el potro sea menos salvaje, sino porque tú aprendes a sostenerte.

Este año, sin embargo, no me dejó sostenerme tan fácil. Fue un año duro, áspero, de esos que enseñan a través de los golpes y las noches sin sueño. Un año que me preguntó más veces de las que quise admitir si realmente tenía fuerzas para seguir.

Hubo un punto —lo recuerdo con exactitud— en el que entendí que ya había dado todo lo que podía. Que no quedaban más trucos, más intentos, más maniobras. Y en ese espacio de cansancio profundo, tomé una decisión que parece contradictoria pero no lo es: voy a rendirme.

No rendirme para abandonar, sino rendirme para soltar.
Para dejar que Dios haga su parte.
Para permitir que la vida avance sin que yo intente controlarlo todo.
Para aceptar que no siempre soy quien sostiene: a veces tengo que ser sostenido.

Escribir esto me tomó días. No por miedo al juicio ajeno, sino por ese temor íntimo de pensar: “¿Qué puedo enseñar yo si también estoy en crisis?”. Pero, al final, comprendí que las mejores historias no nacen de la perfección, sino de la grieta. Desde la herida también se comparte, también se acompaña.

Por eso hoy me siento frente a esta libreta. Con fe cansada, sí, pero fe al fin. Con la esperanza de que estas últimas semanas del año traigan un respiro. Algo pequeño, algo suficiente. Una claridad que nos dé aire.

Este año me enseñó a ser más resiliente, a reconocer mis debilidades sin vergüenza, a abrazar más fuerte a mi familia. A disfrutar el día sin tantas cosas materiales. A agradecer esa simplicidad que se vuelve un refugio cuando todo lo demás se desordena.

Pienso en la Navidad que se acerca y me veo sacando el árbol viejo del depósito. Ese que ya perdió algunas luces, que pide descanso. Quiero encenderlo igual. Sacudirlo un poco. Arreglar lo que aún tiene arreglo. Porque eso hacían mis padres. En mi infancia, ellos nos llevaban de casa en casa (de mis abuelos) durante Navidad, intentando que la noche fuera especial, aunque cargaran angustias que nosotros no imaginábamos. Ellos también estaban cansados, ellos también tenían sus potros salvajes, pero aun así nos regalaban un momento de luz. De adultos, uno comprende el sacrificio que nunca vio.

Y ese legado lo quiero honrar.

Hoy escribo para recordar que no estamos solos, que incluso en el cansancio hay compañía, que en el silencio también hay una voz que nos guía. Voy a seguir escribiendo. Voy a seguir contando historias—algunas nuevas, algunas viejas, algunas que guardo como tesoros de mi niñez.

Porque la vida sigue moviéndose como ese potro impredecible.
Porque caemos, sí, pero también encontramos la fuerza para levantarnos.
Porque siempre hay una escena más, un acto más, un rayo de esperanza que se cuela por alguna rendija.

A seguir, entonces.
A soltar cuando toque soltar.
A confiar cuando ya no queden fuerzas.
A vivir el viaje, incluso cuando el potro vuelva a moverse.


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