ODIO LAS FIESTAS INFANTILES
Sé que es parte del proceso de ser padre: llevar a tus hijos, sonreír, aplaudir, cantar el “cumpleaños feliz”. Lo sé. Pero, en lo personal, tengo muy malos recuerdos de las fiestas infantiles.
Y no, no hablo de cuando yo era niño.
Hablo de cuando ya era papá.
Hubo una época —por allá entre el 2013 y el 2014— en la que literalmente detestaba las fiestas infantiles. Jai y Mati estaban en primaria, y como cualquier niño, recibían invitaciones seguido. Yo era quien tenía que llevarlos. Era el único que podía hacerlo. Me había divorciado, me había quedado a cargo de mis hijos, solo.
Las fiestas siempre eran los fines de semana. Y aunque sé que muchos dirán: “También necesitas tu tiempo, tus amigos, tu espacio”, en ese momento mis hijos tenían cinco y siete años. No tenían a su mamá cerca. Yo era todo. Y cuando un niño no tiene a uno de sus padres presente, el otro no es solo papá o mamá: es refugio, es seguridad, es casa.
Por eso los llevaba. Siempre.
Hasta que llegó esa fiesta.
La primera a la que fui solo con ellos. La que me marcó.
Todo iba bien. Normal. Risas, música, niños corriendo. Hasta que el payaso tomó el micrófono y dijo:
—Ahora todos los niños vayan con su mamá… y las niñas con su papá, para bailar.
En ese instante, mis dos hijos se quedaron mirándome.
No dijeron nada.
Pero su cara lo dijo todo.
Era una mezcla de confusión, vergüenza y miedo.
Un “¿y ahora qué hacemos?” silencioso.
Yo sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Fue un microsegundo eterno. Me puse rápido unos lentes de hora loca, fingí que todo estaba bien, salí con ellos a bailar… y sí, bailamos. La pasamos bomba. Nadie se dio cuenta.
Pero ese segundo de no saber qué hacer…
ese segundo…
no se me borró nunca.
Ahí le puse la cruz a las fiestas infantiles.
Después vinieron otras cosas.
Hubo cumpleaños en los que invitábamos a treinta niños… y llegaban tres. O cuatro. Y nos quedábamos con mesas llenas de comida, globos inflados de más, y una sensación horrible en el pecho.
Con el tiempo entendí que muchas personas son prejuiciosas.
Porque “no estaba la mamá”.
Porque “venían de un papá divorciado”.
Porque “esa familia no es normal”.
Y esos prejuicios no solo están en los colegios.
También están en las iglesias.
Todavía hoy.
Me divorcié. Luego estuve solo con mis hijos durante años. Después apareció Noelia —gracias a Dios— me volví a casar. Y ahí vinieron las miradas. Los comentarios.
El juicio silencioso.
A mí por ser papá soltero.
A ella por ser madre soltera.
Y luego a los dos por formar una familia reconstituida: su hijo, mis hijos, nuestros hijos.
Pero nada —nada— fue tan doloroso como lo que pasó con Mati.
Mati está dentro del espectro autista.
Y ese año —cumplía doce o trece, no recuerdo bien— quiso celebrar su cumpleaños. Invitó a todo su salón. Estaba ilusionado.
Llegó la hora.
Pasaron los minutos.
Dieron las seis, seis y treinta, siete de la noche…
Y no llegó nadie.
Nadie.
Al final llamamos a la familia cercana, celebramos como pudimos, tratamos de sonreír. Y sí, la pasamos bien. Pero el golpe ya estaba dado. Mati esperaba a sus compañeros. Y no vinieron.
Por eso no me gustan las fiestas infantiles.
Porque no tengo buenos recuerdos.
Curiosamente, cuando eran pequeños, yo sí disfrutaba otras formas de celebrar. Prefería llevar la torta al colegio, pedir permiso una hora, repartir bocaditos, dar sorpresitas. Eso sí me gustaba. Eso no dolía.
Los años pasaron.
Y esas experiencias me dejaron marcado.
Hasta que apareció Nicolás.
Hoy Nico tiene una edad en la que las fiestas infantiles vuelven a aparecer. Y yo, siendo honesto, siempre traté de evitarlas. Noelia lo entendía. Siempre fue comprensiva.
Hasta que un fin de semana ella se enfermó fuerte, una infección viral. Nico estaba ilusionado con una fiesta. No había opción.
Respiré hondo.
Me cambié.
Y fui.
Al inicio me sentí incómodo. Pensé que era el único papá. Luego llegaron algunos más. Y algo me llamó la atención: los animadores ya no decían “vayan con su mamá”. Decían: “vayan con el adulto con quien hayan venido”.
Y algo en mí se aflojó.
Poco a poco me sentí mejor. Tranquilo. En paz.
Ahí entendí algo:
Mis hijos han venido al mundo con misiones.
Con propósitos. Nico está sanando heridas que yo creí permanentes.
Pero hay una imagen que nunca se va a borrar: la cara de mis hijos aquel día frente al payaso.
Y me prometí algo desde entonces: ninguno de mis hijos volverá a sentirse incómodo porque yo no esté. Yo siempre voy a estar.
Si tú —o alguien cercano a ti— está pasando por algo parecido, quiero decirte esto: todo pasa. El tiempo corre más rápido de lo que crees. Y, por suerte, las cosas también cambian.
Hoy ya no me invitan a fiestas infantiles de Jairo, Santi, ni de Mati. Ya crecieron. Son hombres nobles, fuertes, amorosos. Me emociono cuando hablo de ellos.
Me queda Nico.
Y cada año queda menos tiempo.
Por eso te lo digo con el corazón en la mano: disfruta las fiestas infantiles, los cumpleaños, los momentos incómodos incluso. Porque pasan. Y no vuelven.
Crea recuerdos.
Abraza fuerte.
Baila aunque duela.
El tiempo vuela.
Y el amor… ese sí se queda.
Un abrazo grande.
Nos vemos en el camino.

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