LA HUERTA PERDIDA: UNA NOCHE DE NEW METAL EN BARRIOS ALTOS
Eran los años 2000.
La escena rockera de Lima estaba viva, cruda, ruidosa. Bares pequeños, tocadas improvisadas, cables por el suelo, amplificadores al límite.Y en medio de ese circuito existíamos nosotros.
Una banda de new metal cristiano, un grupo de jóvenes convencidos de que la música también podía llevar un mensaje de esperanza. No tocábamos para ser famosos. Tocábamos porque creíamos que el mensaje tenía que llegar incluso a los lugares donde nadie quería ir.
Cada invitación a tocar era una pequeña descarga de adrenalina.
Pero aquella noche… era diferente.
Nos habían invitado a tocar en La Huerta Perdida, en Barrios Altos, en el Cercado de Lima. Un lugar del que muchos hablaban en voz baja. Un lugar donde la mayoría de bandas, iglesias o predicadores simplemente no se atrevían a entrar.
Pero nosotros teníamos otra forma de ver las cosas.
Había un pasaje de la Biblia que siempre nos acompañaba (Mateo 5:12) una idea que nos perseguía cada vez que tomábamos los instrumentos. Jesús decía que los sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Y nosotros lo entendíamos así: si había un mensaje que llevar, tenía que ser justamente donde más se necesitaba.
En los lugares difíciles.
En los barrios olvidados.
En los sitios donde otros no querían pisar.
Y a nosotros… nos encantaba esa locura.
La adrenalina se disparaba cada vez que aparecía una invitación así. Aquella noche nos reunimos a las siete en la casa de Alejandro, que en ese tiempo era prácticamente nuestra base de operaciones.
Ahí estábamos todos:
Kenny, Kristian, Marco, Jano… y yo.
El lugar estaba lleno de cables, estuches y amplificadores. Guitarras apoyadas en las paredes. Y en medio de todo, algo que siempre complicaba cualquier traslado: la batería.
Porque sí, además de guitarras y amplificadores, también andábamos cargando batería para todos lados.
Pero la emoción podía más que cualquier incomodidad.
Subimos todo a un taxi como pudimos y nos dirigimos primero a la casa del organizador, que vivía por la zona. Era una quinta antigua de Barrios Altos, de esas con pasillos largos y paredes gastadas por el tiempo.
Nos recibió con algo sencillo: unas galletas, algo para picar, un momento para conversar antes de salir hacia el lugar del concierto.
Luego nos dijeron que ya era hora.
Cargamos nuevamente los instrumentos, subimos a otra movilidad y nos internamos en el barrio.
Las calles se iban volviendo más estrechas.
Más oscuras.
Más silenciosas.
Hasta que finalmente llegamos a La Huerta Perdida.
Para quienes conocen el lugar, saben que es una especie de asentamiento humano o urbanización cerrada, con pocos accesos. Dos o tres entradas, no más. Una vez dentro, el barrio parece cerrarse sobre sí mismo.
Entramos por una de esas calles.
Eran alrededor de las nueve de la noche.
Cuando bajamos de la movilidad y vimos el lugar donde supuestamente sería el concierto… nos quedamos en silencio.
No había escenario.
No había micrófonos.
No había luces.
Tampoco había el sonido necesario para conectar las guitarras.
Nada.
Nos miramos entre todos.
Alrededor comenzaban a aparecer vecinos del barrio. Algunos se acercaban con curiosidad, observando la batería, las guitarras, los cables.
Se preguntaban quiénes éramos y qué hacíamos ahí.
Uno de nosotros preguntó:
—¿A qué hora llega el sonido?
La respuesta fue seca.
—Ese es todo el sonido que hay.
Hubo un silencio incómodo.
Nos apartamos unos metros para conversar.
La tensión se sentía. No solo por el concierto improvisado… sino por el lugar en el que estábamos.
Entonces alguien dijo algo que resumía perfectamente por qué habíamos llegado hasta ahí:
—No hemos venido por el mejor sonido.
—Ni por las mejores luces.
—Hemos venido con un propósito.
Y eso bastó.
Conectamos lo que se podía conectar.
Improvisamos lo que se podía improvisar.
Y a las diez de la noche empezamos.
Las guitarras rugieron en medio de ese barrio oscuro de Barrios Altos.
El bombo de la batería golpeaba fuerte contra las paredes de las casas.
El new metal sonaba crudo, directo, sin filtros.
Tocamos seis canciones, si la memoria no me falla.
Al final compartimos lo más importante: el mensaje.
En medio de uno de los lugares más peligrosos del Cercado de Lima hablamos de esperanza. De restauración. De un Jesús capaz de cambiar historias.
Esa noche, si recuerdo bien, diez personas se acercaron.
Diez personas pidieron que oráramos por ellas.
Para nosotros… eso era todo.
Habíamos cumplido.
Guardamos los instrumentos, desmontamos la batería y nos preparamos para salir de la zona. Y en ese momento pasó algo que no esperábamos.
Un grupo de jóvenes del mismo barrio se acercó.
Al principio pensamos que querían ver los instrumentos… o quizá algo más. No sabíamos.
La verdad es que teníamos miedo de que se llevaran las cosas.
Pero pasó todo lo contrario.
Nos dijeron:
—Nosotros les ayudamos.
Y empezaron a cargar los equipos.
Las guitarras.
Los amplificadores.
Partes de la batería.
Caminaron con nosotros hasta la salida del barrio.
Y mientras avanzábamos por esas calles cada vez más oscuras, todos sabíamos algo: la zona se volvía más peligrosa a medida que avanzaba la noche.
Pero ellos nos acompañaron.
Nos ayudaron a salir.
Cuando finalmente dejamos atrás La Huerta Perdida, respiramos tranquilos.
Regresamos a la casa de Alejandro, nuestra cueva, nuestra guarida. Dejamos los instrumentos, descansamos un momento…
Y luego hicimos lo que cualquier banda de jóvenes hambrientos haría después de una noche así.
Nos fuimos a la avenida Alfonso Ugarte.
Un buen chaufa.
Y, si mal no recuerdo, también cayó un mostrito.
Así éramos.
Un grupo de jóvenes de una banda de new metal cristiano en el Lima de los años 2000, dispuestos a tocar donde fuera necesario.
Sin importar el peligro.
Sin importar las condiciones.
Porque en ese tiempo lo único que importaba era hacer ruido con los instrumentos…
Y cumplir aquello en lo que creíamos.

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