JESÚS ME SACÓ DE LOS ESCOMBROS Y ME PUSO A SALVO
Entre los escombros también habita la esperanza
“Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones para que no me hiciesen daño.”
Daniel 6:22
Hay tragedias que duran apenas unos segundos, pero cuya resonancia permanece durante toda una vida.
El 24 de junio de 2026, la tierra volvió a recordarnos que no está tan quieta como creemos. Un terremoto de magnitud 7.1 estremeció el noroeste de Venezuela y, en cuestión de instantes, edificios que parecían firmes se doblaron sobre sí mismos como si hubieran sido hechos de papel. Familias enteras quedaron sepultadas bajo toneladas de concreto. Los relojes siguieron avanzando, pero para muchos el tiempo quedó detenido exactamente en el momento en que el suelo dejó de ser un lugar seguro.
Entre aquellas ruinas estaba Mateo, un niño de siete años.
Es difícil imaginar el mundo desde la perspectiva de un niño atrapado bajo un edificio. Nosotros contemplamos los escombros desde afuera; él los conoció desde adentro.
No veía el cielo.
No sabía si era de día o de noche.
No podía calcular cuánto tiempo había pasado.
El aire era pesado, el polvo se mezclaba con cada respiración y el silencio solo era interrumpido por los crujidos de una estructura que amenazaba con seguir cayendo.
Su pierna estaba herida.
Estaba descalzo.
Y junto a él permanecía su madre.
Hasta que dejó de respirar.
Hay dolores que ningún adulto sabe explicar y que ningún niño debería conocer jamás.
Sin embargo, precisamente cuando toda explicación parece insuficiente, el corazón humano comienza a formular las preguntas que realmente importan.
¿Dónde está Dios cuando el mundo se derrumba?
No es una pregunta nueva.
La hicieron los profetas.
La hicieron los salmistas.
La hicieron los discípulos mientras contemplaban a Cristo muriendo en una cruz.
Y la seguimos haciendo nosotros cada vez que la vida rompe aquello que creíamos permanente.
Lo extraordinario del testimonio de Mateo no es que responda definitivamente esa pregunta. Ninguna experiencia humana podría hacerlo.
Lo extraordinario es que, según su propio relato, en medio de la oscuridad apareció alguien.
El niño contó que una figura abrió paso entre los bloques de concreto, tomó su mano, vendó su herida y lo sostuvo entre sus brazos.
Más tarde, cuando los periodistas le preguntaron quién había sido aquella persona, respondió con la naturalidad con la que los niños suelen decir las verdades más profundas:
“Parecía un señor... yo creo que era Jesús.”
No podemos verificar aquella experiencia.
Pertenece al ámbito del testimonio personal.
Pero tampoco podemos ignorar lo que revela acerca del corazón humano.
Porque incluso quienes dudan de los milagros suelen reconocer algo profundamente verdadero en esa escena: cuando el sufrimiento alcanza su mayor intensidad, el alma comienza a buscar una presencia que sea mayor que el sufrimiento mismo.
Quizá ahí reside una de las grandes paradojas de la fe cristiana.
El Evangelio nunca prometió que los edificios permanecerían siempre en pie.
Nunca prometió que las enfermedades desaparecerían.
Nunca prometió que las lágrimas dejarían de existir en este lado de la eternidad.
Lo que prometió fue algo mucho más sorprendente.
Que Dios mismo decidiría entrar en nuestro mundo quebrado.
No como un espectador.
No como un filósofo que analiza el dolor desde la distancia.
Sino como un hombre.
Con manos capaces de tocar leprosos.
Con ojos capaces de llorar frente a una tumba.
Con un cuerpo que también conocería el cansancio, el rechazo y la muerte.
Ese es el escándalo del cristianismo.
No adoramos a un Dios que explica el sufrimiento.
Adoramos a un Dios que decidió sufrir con nosotros.
Tal vez por eso el relato de Mateo conmueve tanto.
No porque pretenda demostrar un milagro.
Sino porque nos recuerda el tipo de Dios en quien creemos.
Un Dios que no teme ensuciarse con el polvo.
Que entra en las ruinas.
Que busca al perdido antes de exigirle que encuentre el camino de regreso.
Que toma la iniciativa cuando nuestras fuerzas ya no alcanzan.
Quizá cada uno de nosotros conozca también sus propios escombros.
Hay edificios que caen sin necesidad de un terremoto.
Un diagnóstico inesperado.
La pérdida de un ser amado.
Una traición.
Un matrimonio roto.
La ansiedad que nadie ve.
La culpa que pesa más que cualquier bloque de concreto.
Desde afuera muchas personas continúan de pie.
Pero por dentro viven atrapadas bajo los restos de una vida que alguna vez imaginaron distinta.
Y es precisamente allí donde la figura de Cristo adquiere un significado que ninguna filosofía puede ofrecer.
Él no promete simplemente sacarnos de las ruinas.
Promete encontrarnos dentro de ellas.
Daniel descubrió esa verdad en el foso de los leones cuando pudo declarar:
“Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones para que no me hiciesen daño.”
Daniel 6:22
Siglos después, los primeros cristianos descubrirían la misma realidad en cárceles, persecuciones y martirios.
No siempre fueron librados del sufrimiento.
Pero jamás fueron abandonados en él.
Tal vez esa sea la diferencia entre el optimismo y la esperanza.
El optimismo confía en que las cosas mejorarán.
La esperanza cristiana confía en que, aun cuando no mejoren como esperamos, Cristo seguirá presente.
Y si Él permanece con nosotros, entonces el dolor deja de ser el capítulo final de nuestra historia.
Cuando Mateo salió finalmente entre los escombros, cubierto de polvo y con un vendaje improvisado en su pierna, pronunció unas palabras que conmovieron a millones:
“El único que sobrevivió a este derrumbe fui yo. Mi mamá dejó de respirar ayer a las 7:30.”
En esas dos frases conviven el milagro y el duelo.
La vida y la muerte.
La gratitud y el llanto.
Exactamente igual que ocurre muchas veces en nuestra propia existencia.
La fe cristiana nunca nos obliga a elegir entre llorar o creer.
Nos enseña que ambas cosas pueden suceder al mismo tiempo.
Lázaro murió.
Y Jesús lloró.
Pero después de las lágrimas vino la resurrección.
Quizá ese sea el verdadero mensaje que permanece cuando las cámaras se apagan y las noticias dejan de ocupar titulares.
Las ruinas nunca tienen la última palabra.
Porque hubo un día en que otra piedra fue removida.
No para rescatar a un niño de un edificio derrumbado.
Sino para anunciar que la muerte había sido vencida para siempre.
Desde aquella mañana de resurrección, ningún sepulcro, ningún terremoto y ningún escombro puede impedir que la luz vuelva a entrar.
Y tal vez esa sea la razón por la que seguimos creyendo.
No porque comprendamos todos los caminos de Dios.
Sino porque conocemos el corazón de Aquel que camina con nosotros.
Aun cuando todo lo demás haya caído.
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