NUNCA TE DIRE ADIOS


Hay recuerdos que no vuelven… irrumpen.

No llegan despacio, no piden permiso; simplemente aparecen, como una escena encendida en medio de la rutina, y lo cambian todo. 

Esta vez fue una canción. Bastó un acorde, una voz, una atmósfera, para que algo en mi interior se tensara, como si el alma reconociera antes que la memoria. Un nudo en la garganta, profundo, inevitable. Y entonces entendí: habían pasado más de veinticinco años… y sin embargo, yo seguía estando ahí.

Volví a los años noventa, a una tarde que no parecía distinta a tantas otras, pero que terminó marcando un antes y un después. Mi primo Christian —a quien amo con todo mi corazón y que hoy está graduado en el cielo— llegó con una alegría que le desbordaba los ojos. 

Era la emoción pura de quien ha encontrado algo valioso y no puede guardárselo.
“Primo, encontré una banda que te va a gustar”.
En sus manos traía un cassette. De esos que llevaban más alma que perfección. Lo colocó, presionó play… y el mundo, al menos para nosotros, cambió de ritmo.

Era el álbum Nunca te diré adiós, del año 1996. Lo que empezó a sonar no era cualquier cosa: era hard rock del bueno, del que no se disfraza ni pide permiso. Guitarras con identidad, riffs sólidos, acústicas que aparecían como respiros necesarios, y una voz… una voz con carácter, con una textura entre lo áspero y lo profundamente humano, con ese matiz blues que no esperas, mucho menos sabiendo que se trataba de una banda cristiana en esos años.

Nos miramos. Sonreímos. Y sin darnos cuenta, nos quedamos ahí, compartiendo algo que no se podía explicar del todo, pero que se sentía completo.

Esa tarde se quedó suspendida en el tiempo. Después hicimos lo que se hacía en esa época: duplicamos el cassette. Me llevé mi copia como quien se lleva un pedazo de algo que no quiere perder. Y la escuché… incontables veces. De camino a casa, en silencio, en momentos de calma y en días en los que uno necesita que algo lo sostenga sin decir una palabra.

Años más tarde, cuando la vida me llevó a la radio, esa banda fue de las primeras en sonar al aire. Porque hay cosas que no se quedan en uno; hay cosas que nacen para ser compartidas.
Entre todas sus canciones, hubo una que se quedó viviendo dentro de mí. No como recuerdo, sino como eco.

Y en medio de esa canción, una frase que no ha dejado de perseguirme en el tiempo:
“Y si perdiera yo el camino… tú me encontrarías a mí”.

No era solo una línea. Era una verdad que atravesaba todo. Era imposible no pensar en esa parábola que tantos hemos escuchado, pero que pocos entendemos hasta que la vivimos:

“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso…” (Lucas 15:4-5).

Esa imagen… ese Pastor… esa decisión que rompe toda lógica humana, fue tomando forma en mi propia historia.

Porque el tiempo hizo lo suyo. Pasaron los años, las etapas, las decisiones, los errores, los aprendizajes. La vida, con todo lo que trae, fue escribiendo su propia historia en mí. Hasta que, casi treinta años después, volví a encontrarme con esa voz, con esa esencia, con ese sonido que no envejeció, porque nunca fue superficial.

Supe también que quien estaba detrás de esa voz había atravesado procesos duros, momentos complejos, de esos que no se cuentan fácilmente. Y sin embargo, Dios había estado ahí, obrando, sosteniendo, transformando. 

Eso le dio un peso distinto a todo lo que escuchaba. Porque cuando alguien canta desde lo vivido, desde lo quebrado y restaurado, la música deja de ser entretenimiento… y se convierte en testimonio.
Pero lo más fuerte no fue reencontrarme con la banda.

Fue reencontrarme conmigo.

Porque al escuchar, entendí algo que ya no podía ignorar: 
Yo he sido esa oveja. Muchas veces. No una, no dos… muchas. He sido el que se aparta, el que cuestiona, el que se rebela, el que cree que puede trazar su propio camino sin consecuencias. He sido el que se equivoca, el que insiste, el que cae… y a veces, el que tarda en levantarse.
Una oveja inconforme.
Una oveja herida.
Una oveja que, en más de una ocasión, se perdió.
Y aun así… cada vez que eso ha pasado, hay una imagen que se repite.

Dios yendo por mí.

No esperando a que regrese perfecto, no exigiendo explicaciones desde lejos, sino saliendo a buscarme en medio de mi desorden, de mis decisiones mal tomadas, de mis propios laberintos. 

Lo he visto levantarme, cargarme, restaurarme. Lo he visto devolverme al lugar del que yo mismo me alejé… y hacerlo con una alegría que no se parece en nada al reproche humano.

Entonces uno se pregunta, casi en susurro: 
¿por qué?
¿Por qué tanta misericordia?
¿Por qué tanto amor para alguien que falla tanto?

Y no hay una respuesta lógica. No la hay. Solo queda rendirse ante una verdad más grande que cualquier argumento: así es Él.

Así es Jesús.

El buen Pastor que deja noventa y nueve por uno.

Que no calcula méritos, que no mide errores con balanza humana, que no se cansa de salir a buscar.
Por eso, cada vez que lo recuerdo, algo se quiebra dentro de mí… y también algo se reconstruye.

Porque he sido testigo de cómo Dios puede tomar decisiones equivocadas y transformarlas en bendiciones. No porque yo lo haya hecho bien, sino porque su gracia no depende de eso.
Y hoy, en medio de este reencuentro con la música, entiendo que no es nostalgia lo que estoy sintiendo.

Es dirección.

Es un recordatorio de que nadie está demasiado lejos.

Por eso lo digo sin rodeos, con la honestidad de quien ha estado perdido y ha sido encontrado:

Si tú, en este momento, sientes que te alejaste… si estás atravesando procesos difíciles, si te has metido en caminos que no sabes cómo dejar, si hay cosas que te están consumiendo por dentro —sea cual sea el nombre que tengan— no te quedes ahí en silencio.

Clama.

Pero clama de verdad. Desde donde estés, como estés.

Porque hay algo que no cambia, algo que no falla, algo que no depende de tu estado actual:

“Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces” (Jeremías 33:3).

Él sigue buscando.
Sigue dejando las noventa y nueve.
Sigue caminando hacia donde tú estás.

Y si alguna vez pierdes el camino…
no lo dudes.
Él te va a encontrar.

Comentarios

Entradas populares