TRIANGULO DE EXPOSICIÓN, FOTOS Y FÉ IMPRESIONANTES

 


Hace algunos días llegué a dictar mi clase de Fotografía Digital. Dentro del curso hay un tema que siempre les cuesta un poco a los alumnos: el famoso triángulo de la exposición.

Los fotógrafos saben perfectamente de qué estoy hablando.

Es ese equilibrio entre el diafragma, la velocidad de obturación y la sensibilidad del sensor. Dicho de manera sencilla, es aprender a controlar la cantidad de luz que entra a nuestra cámara para obtener una buena fotografía.

Mientras explicaba el tema, uno de mis alumnos me hizo una pregunta que parecía sencilla, pero que terminó llevándome a una reflexión mucho más profunda.

—Profesor, ¿cómo hacen esas fotos donde salen miles de estrellas? He visto fotografías tomadas incluso aquí en Lima. ¿Cómo se logra eso?

La pregunta me hizo sonreír.

Entonces les expliqué que, aunque parezca increíble, muchas veces las estrellas están ahí, pero nuestros ojos no logran verlas. La cámara sí puede hacerlo si sabemos utilizar una técnica llamada larga exposición.

En una fotografía normal, el sensor recibe luz durante una fracción de segundo. Pero cuando hacemos una fotografía nocturna, podemos dejar que el sensor reciba luz durante varios segundos o incluso minutos.

Y aquí ocurre algo interesante.

Mientras más tiempo está expuesto el sensor a la luz, más luz logra captar.

Así de simple.



Y mientras explicaba esto en clase, pensé que algo parecido sucede en nuestra vida espiritual.

Muchas personas quieren eliminar la oscuridad de sus vidas.

Quieren vencer el miedo.

La tristeza.

La ansiedad.

La amargura.

La falta de propósito.

Y muchas veces intentan pelear directamente contra esas cosas.

Pero la solución no siempre está en luchar contra la oscuridad.

La solución está en exponernos más a la luz.

Y aquí quiero compartirte tres cosas que aprendí observando cómo funciona una cámara fotográfica.

1. A mayor exposición, mayor luz

En fotografía la regla es sencilla.

Si quieres captar más luz, tienes que aumentar el tiempo de exposición.

No hay atajos.

Y creo que con Dios sucede algo parecido.

Cuanto más tiempo pasamos con Él, más de Su luz empieza a reflejarse en nuestra vida.

La Biblia cuenta que Moisés subió al monte Sinaí para encontrarse con Dios. Pasó tiempo en Su presencia, escuchándolo, buscando dirección.

Y cuando bajó del monte, algo había cambiado.

Dice Éxodo 34:29:

"Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí... no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía después que hubo hablado con Dios."

Lo interesante es que Moisés ni siquiera se había dado cuenta.

Pero los demás sí.

La gente podía ver que había algo diferente en él.

Y eso me hace pensar en una pregunta que vale la pena hacernos.

Cuando las personas nos ven, ¿qué ven?

¿Ven paz?

¿Ven esperanza?

¿Ven alegría?

¿O ven a alguien constantemente cargado de amargura, preocupación y enojo?

Cuando pasamos tiempo con Dios no necesitamos aparentar nada.

La luz se nota.

La presencia de Dios se nota.

Así como una persona que pasa tiempo bajo el sol termina reflejando ese brillo en su piel, una persona que pasa tiempo con Dios termina reflejándolo en su manera de vivir.

2. Las mejores fotos nocturnas requieren detenerse

Hay otro detalle importante cuando hacemos fotografías de larga exposición.

Necesitamos un trípode.

Porque si la cámara se mueve durante esos segundos, la fotografía sale borrosa.

Por eso la cámara debe quedarse quieta.

Sin apuros.

Sin movimientos bruscos.

Y creo que aquí encontramos otra gran enseñanza.

Vivimos corriendo.

Corremos para trabajar.

Corremos para pagar cuentas.

Corremos para responder mensajes.

Corremos para cumplir responsabilidades.

Y muchas veces queremos escuchar a Dios sin detenernos ni un minuto.

Jesús hacía exactamente lo contrario.

Marcos 1:35 dice:

"Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba."

Antes de tomar decisiones importantes buscaba tiempo con su Padre.

Antes de escoger a los doce discípulos pasó toda una noche orando.

Lucas 6:12 dice:

"En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios."

Y algo que siempre me llama la atención es que mientras más famoso se volvía Jesús, más buscaba espacios para estar a solas con Dios.

Lucas 5:16 dice:

"Mas él se apartaba a lugares desiertos y oraba."

Mientras más gente lo buscaba, más tiempo buscaba a su Padre.

Quizá hoy la pregunta no es cuánto tiempo tenemos.

La pregunta es cuánto tiempo estamos dispuestos a separar para estar con Dios.

3. La oscuridad no se combate, se ilumina

Hay algo fascinante acerca de la luz.

La luz no pelea contra la oscuridad.

No discute con ella.

No entra en una batalla eterna.

Simplemente aparece.

Y cuando aparece, la oscuridad desaparece.

Así funciona.

Puedes tener una habitación cerrada durante años.

Pero basta encender una pequeña lámpara para que la oscuridad retroceda inmediatamente.

Y creo que muchas veces cometemos el mismo error en nuestra vida.

Nos enfocamos tanto en la oscuridad que terminamos olvidando nuestra misión.

Nos quejamos de la corrupción.

De la violencia.

De la falta de valores.

De la indiferencia.

De la desesperanza.

Y sí, todo eso existe.

Pero Jesús nunca nos llamó solamente a señalar la oscuridad.

Nos llamó a llevar luz.

En Juan 8:12 dijo:

"Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida."

Y si seguimos a Jesús, entonces somos portadores de esa luz.

No para esconderla.

No para guardarla entre cuatro paredes.

No para quedarnos cómodos donde estamos.

La luz existe para alumbrar.

Para mostrar el camino.

Para llevar esperanza donde otros ya la perdieron.

Y para terminar...

Volvamos por un momento a aquella pregunta que me hizo mi alumno en clase.

—Profesor, ¿cómo hacen esas fotos donde aparecen las estrellas?

La respuesta técnica es sencilla: aumentando el tiempo de exposición.

Las estrellas siempre estuvieron allí.

Simplemente necesitábamos dejar que más luz llegara al sensor para poder verlas.

Y creo que con Dios sucede algo parecido.

A veces pensamos que está lejos.

Que no habla.

Que no responde.

Que no está obrando.

Pero quizá el problema no es que Dios se haya alejado.

Quizá necesitamos permanecer un poco más de tiempo en Su presencia.

Un poco más de tiempo expuestos a Su luz.

Porque cuanto más tiempo pasamos con Él, más claridad encontramos.

Más paz recibimos.

Más propósito descubrimos.

Y más capaces somos de reflejar esa luz a los demás.

Al final, la fotografía me enseñó una verdad que nunca he olvidado:

La oscuridad no desaparece porque peleemos contra ella.

La oscuridad desaparece cuando dejamos entrar la luz.

Y esa luz tiene nombre.

Jesús.



Comentarios

Entradas populares