CANSADOS, DISTRAIDOS Y APURADOS
CANSADOS, DISTRAÍDOS Y APURADOS
Esta mañana, mientras viajaba al trabajo, subí al tren eléctrico como lo hago habitualmente.
Es, probablemente, la forma más rápida y segura de recorrer la distancia entre Surco y San Juan de Lurigancho. Pero mientras observaba a las personas a mi alrededor, sentí que estaba viendo algo más que un simple medio de transporte.
Era como contemplar una película.
La cámara recorre lentamente el vagón.
Son las seis de la mañana.
Las luces blancas iluminan rostros cansados.
Algunos buscan desesperadamente una pared donde apoyarse. Otros se aferran a un pasamanos como si fuera el último refugio disponible. Los más afortunados consiguen un asiento y cierran los ojos apenas se sientan.
Pareciera que ya hubieran trabajado todo el día.
Los rostros reflejan agotamiento.
Pero no creo que sea solamente cansancio físico.
Creo que es cansancio emocional.
Veo personas cabizbajas, preocupadas, sumergidas en sus pensamientos. Algunos duermen de pie. Otros parecen haber salido de casa en piloto automático.
Y luego está la otra escena.
La pantalla del celular ilumina decenas de rostros.
Todos conectados.
Todos mirando hacia abajo.
Todos concentrados en algo que ocurre dentro de una pequeña pantalla.
No sé si están viendo noticias.
No sé si están respondiendo mensajes.
No sé si están viendo una serie, trabajando o simplemente escapando por unos minutos de la realidad.
Lo cierto es que están distraídos.
Tan distraídos que muchas veces no perciben a quienes tienen al lado.
Tan distraídos que no notan los riesgos que los rodean.
Tan distraídos que el mundo real parece haber quedado en segundo plano.
Y entonces llega la siguiente estación.
Las puertas se abren.
La tranquilidad desaparece.
De pronto todos se convierten en corredores.
Bajan apresurados.
Se empujan.
Aceleran el paso.
Corren por las escaleras.
Como si perder unos segundos significara perder algo mucho más importante.
Y mientras los observo, me doy cuenta de algo.
Cada uno lleva una historia distinta.
Algunos van rumbo a su trabajo.
Otros a una cita médica.
Otros a una entrevista.
Otros quizá enfrentan una batalla que nadie conoce.
Algunos sonríen.
Otros parecen llevar una carga inmensa sobre sus hombros.
Pero todos tienen algo en común.
Cansados.
Distraídos.
Apurados.
Y pensé:
¿No es así como muchas veces vivimos nuestra vida espiritual?
Cansados para reflexionar.
Distraídos para escuchar la voz de Dios.
Apurados para detenernos y preguntarnos hacia dónde vamos.
Vivimos atrapados en ciclos que se repiten una y otra vez.
Despertar.
Trabajar.
Consumir contenido.
Regresar a casa.
Dormir.
Y volver a empezar.
Sin detenernos a preguntarnos si estamos viviendo para aquello para lo cual fuimos creados.
La Biblia nos advierte sobre esta realidad.
"Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos." (Efesios 5:15-16)
Durante años yo también viví así.
Subía al tren.
Veía una serie camino al trabajo.
Cumplía mis labores.
Regresaba cansado.
Volvía a mirar una pantalla.
Y repetía la misma rutina al día siguiente.
Hasta que comprendí algo fundamental.
Dios no nos creó para sobrevivir.
Dios nos creó para vivir con propósito.
Jesús dejó claro cuál era el centro de nuestra misión.
"Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir." (Marcos 10:45)
Y si seguimos a Cristo, nuestro propósito también está ligado al servicio.
No vivimos solamente para nosotros mismos.
Vivimos para amar.
Vivimos para ayudar.
Vivimos para servir.
Servir a nuestra familia.
Servir a nuestra comunidad.
Servir a quienes sufren.
Servir a quienes han sido olvidados.
Servir a quienes necesitan esperanza.
Jesús mismo dijo:
"En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis." (Mateo 25:40)
Y también nos recordó:
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo." (Mateo 22:39)
Quizá el verdadero despertar comienza cuando dejamos de vivir cansados, distraídos y apurados.
Cuando levantamos la mirada de nuestras pantallas.
Cuando dejamos de correr sin dirección.
Cuando volvemos a escuchar la voz de Dios.
Y descubrimos que nuestro propósito no se encuentra en llegar más rápido, ganar más dinero o acumular más cosas.
Nuestro propósito se encuentra en reflejar a Cristo.
En servir.
En amar.
En extender la mano al que necesita ayuda.
Porque una vida con propósito siempre termina convirtiéndose en una vida de servicio.
Y tal vez mañana, cuando subamos nuevamente al tren, entre cientos de personas cansadas, distraídas y apuradas, podamos recordar que Dios nos llamó a vivir despiertos.
Despiertos para amar.
Despiertos para servir.
Despiertos para cumplir el propósito para el cual fuimos creados.
Comentarios
Publicar un comentario