¿Y AHORA QUE SIGUE?
Creo que la vida está en constante movimiento. Nada permanece igual para siempre, y mientras más rápido entendamos esa realidad, más preparados estaremos para vivir con paz.
Cada cambio trae consigo una pequeña crisis. No importa si se trata de un nuevo trabajo, una nueva etapa sentimental, un emprendimiento o cualquier nuevo comienzo. Siempre existe ese momento en el que no sabemos qué va a pasar. Es como estar de pie al borde de una piscina sin conocer qué tan fría estará el agua.
Hace poco le decía a uno de mis hijos, que acaba de empezar un nuevo trabajo, que en la vida hay que aprender a sumergirse en la piscina de la incertidumbre. No podemos quedarnos toda la vida analizando qué podría pasar. Hay momentos en los que simplemente hay que lanzarse y confiar.
Con los años he aprendido que una de las mejores decisiones que podemos tomar es abrazar los cambios. Quien no está dispuesto a adaptarse está condenado a quedarse atrás. La vida cambia, las temporadas cambian, nosotros también debemos cambiar.
Hace ocho años me encontraba exactamente en esa situación.
Venía de dirigir durante casi siete años una agencia de representación de artistas, publicidad y marketing. Fue una etapa maravillosa. Viajé, conocí personas increíbles, disfruté mucho y, gracias a Dios, me fue muy bien.
Pero las temporadas no duran para siempre.
Los negocios también tienen ciclos. Algunos logran superar los tiempos difíciles; otros simplemente llegan a su final. En mi caso, por distintas razones, la empresa terminó cerrando y, de un momento a otro, me encontré nuevamente frente a la incertidumbre.
No sabía cuál sería el siguiente capítulo de mi historia.
Fue entonces cuando un buen amigo me comentó que Cibertec estaba buscando docentes de Comunicación Audiovisual, Marketing y carreras afines. Nunca había sido profesor universitario o de instituto, aunque sí tenía experiencia enseñando talleres y trabajando con jóvenes.
Decidí intentarlo.
Fui a la entrevista sin imaginar que esa decisión cambiaría mi vida.
Recuerdo que me contrataron como docente a tiempo parcial. Mi primera sede fue Callao, en la avenida Faucett con Colonial. Yo vivía en Surco, así que el trayecto podía tomarme cerca de dos horas. Sin embargo, nunca lo vi como un sacrificio. Al contrario, iba con entusiasmo porque estaba descubriendo una nueva pasión.
Conecté muy rápido con mis estudiantes.
Con el tiempo descubrí que ser docente no solo era enseñar. También era aprender a conocer personas. Y vaya que conocí personajes inolvidables.
Estaba el alumno aplicado, el que llegaba quince minutos antes de empezar la clase y ya tenía abierto el cuaderno mientras los demás recién buscaban estacionamiento.
También estaba el solidario, ese que siempre le pasaba los apuntes al compañero que faltó, el que compartía su trabajo, el que ayudaba sin esperar nada a cambio.
Nunca faltaba el emprendedor. El que convertía el salón en un pequeño centro comercial. Llegaba con chocolates, galletas, polos, audífonos, cargadores, perfumes... uno nunca sabía qué iba a vender esa semana. Si le dabas unos meses más, probablemente terminaba abriendo una franquicia.
Y, cómo olvidarme del "Judas". Ese estudiante que, cuando preguntabas quién había hecho alguna travesura, levantaba la mano más rápido que todos: "Profe, fue él". Era el área de Inteligencia del salón. Nadie estaba a salvo de sus reportes.
También estaba el sociable, el que encontraba cualquier excusa para organizar una salida. Terminaba un trabajo grupal y ya estaba creando el grupo de WhatsApp para celebrar. Si alguien cumplía años, había reunión. Si acababan los exámenes, había reunión. Si era martes... también había reunión.
Por supuesto, aparecía el alumno que siempre quería quedar bien con el profesor. El primero en saludar, el primero en responder, el primero en ofrecer ayuda para conectar el proyector. Ese alumno que uno sabía que, si algún día faltaba, probablemente él mismo dictaría la clase.
Y cómo no mencionar al legendario "fantasma". Ese estudiante del que nadie tenía pruebas de su existencia durante el ciclo. Nunca levantaba la cámara, casi nunca hablaba, rara vez asistía... pero, misteriosamente, aparecía el día del examen y terminaba sacando una nota que dejaba a todos preguntándose: "¿Y este de dónde salió?".
Claro, también estaban los distraídos, los tímidos, los que descubrían su talento recién al final del ciclo, los que llegaban convencidos de que no podían y terminaban sorprendiéndose a sí mismos.
Cada promoción tuvo sus personajes. Cada salón escribió una historia distinta. Y, sin darme cuenta, mientras ellos aprendían algo de mí, yo terminaba aprendiendo muchísimo más de ellos.
Jamás olvidaré a mi primer grupo de Realización Audiovisual. Grabamos cortometrajes, compartimos muchas horas de trabajo y, cuando terminó el ciclo, experimenté una sensación extraña. Sentí un vacío enorme, como cuando termina una buena serie o cuando uno despide a alguien de su propia familia.
Después entendí que esa sería parte de la vida docente: recibir nuevos alumnos, acompañarlos durante un tiempo y luego dejarlos partir para comenzar nuevamente con otro grupo.
Han pasado ocho años desde entonces.
He recorrido varias sedes: Callao, Miraflores, Breña, Independencia, Lima Centro y, finalmente, San Juan de Lurigancho, donde tuve el privilegio de desempeñarme como docente a tiempo completo durante los últimos años.
Volver a San Juan de Lurigancho tuvo un significado muy especial. Era regresar al distrito donde crecí, pero esta vez no como estudiante, sino como profesional. Poder enseñar y servir a jóvenes que, en muchos casos, venían de historias parecidas a la mía fue un regalo de Dios.
Han sido ocho años llenos de experiencias.
He conocido alumnos extraordinarios, grandes amigos entre los docentes, he reído, he aprendido, también he llorado algunas veces. Como en toda buena historia, hubo momentos difíciles y momentos inolvidables.
Y hoy esa temporada llega a su fin.
La sede que me acogió durante estos años cerrará sus puertas por motivos que no me corresponde explicar.
Nuevamente estoy frente a la incertidumbre.
Es una sensación parecida a cuando termina una serie que disfrutaste durante mucho tiempo y todavía no sabes cuál será la siguiente que vas a empezar.
Pero esta vez ya no tengo miedo.
Porque aprendí que las temporadas se despiden con gratitud, no con tristeza. Se honra lo vivido, se agradece a las personas que caminaron con uno y luego se sigue adelante.
Dios nunca cierra una puerta sin abrir otra.
“Porque yo sé los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, para darles un futuro y una esperanza.”
Jeremías 29:11
A comienzos de este año tenía la convicción de que algo nuevo iba a empezar. Lo sentía en mi corazón, aunque jamás imaginé que el proceso incluiría despedirme, al menos por ahora, del lugar donde pasé ocho años de mi vida.
Así es Dios.
Muchas veces no nos muestra todo el camino; solamente ilumina el siguiente paso.
Y eso basta.
Hoy vuelvo a sumergirme en esa piscina llamada incertidumbre, pero ya no entro con temor. Entro confiando en que el mismo Dios que me sostuvo hace ocho años seguirá escribiendo la siguiente temporada de mi historia.
Porque las temporadas terminan.
Pero los propósitos de Dios nunca.
"Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia; reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas."Proverbios 3:5-6
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