TRES PEQUEÑOS PAJAROS
"Miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?"
Mateo 6:26
Una de las cosas que más disfruto —y que procuro hacer siempre que puedo— es acompañar a Nicolás al colegio. No es solo caminar unas cuadras. Es regalarme un momento que jamás volverá a repetirse. Porque los hijos crecen demasiado rápido y, muchas veces, las conversaciones más profundas nacen en los trayectos más sencillos.
Tenemos la bendición de vivir cerca de varios parques. Para llegar al colegio atravesamos dos de ellos.
Aquella mañana, mientras el sol apenas comenzaba a iluminar los árboles, el silencio era interrumpido por el canto de decenas de aves. Nicolás levantó la mirada y me preguntó:
—Papá, ¿escuchas a todos los pajaritos?
Sonreí.
—Sí, hijo. Creo que están felices.
—¿Por qué están felices?
Entonces recordé uno de los pasajes más hermosos del Sermón del Monte.
Jesús estaba rodeado por una multitud. Personas preocupadas por el dinero, el alimento, la ropa, el futuro y las dificultades de la vida. Como nosotros. Gente que vivía con ansiedad por el mañana.
Y en medio de esa multitud, Jesús señaló el cielo.
Les dijo que observaran las aves.
No les pidió mirar a los grandes reyes, ni a los poderosos, ni a los ricos. Les pidió mirar a unos pequeños pájaros.
Porque ellos no siembran, no cosechan, no tienen cuentas bancarias, seguros ni almacenes llenos de comida. Sin embargo, cada día encuentran lo necesario para vivir.
No porque el mundo sea fácil.
Sino porque tienen un Padre que cuida de su creación.
Entonces Jesús hace una pregunta que atraviesa los siglos:
"¿No valen ustedes mucho más que ellas?"
Qué poderosa enseñanza.
Jesús no está promoviendo la pereza ni diciendo que no trabajemos. La Biblia enseña el valor del esfuerzo. Lo que Cristo combate es la ansiedad que nace cuando creemos que todo depende exclusivamente de nosotros.
La preocupación intenta cargar un peso que solo Dios puede sostener.
La confianza, en cambio, descansa en el carácter de un Padre bueno.
Le dije a Nicolás:
—Hijo, si Dios alimenta a esos pajaritos todos los días... ¿cuánto más cuidará de nosotros, que somos sus hijos?
Se quedó unos segundos en silencio.
Miró nuevamente los árboles.
Y con esa sencillez que solo tienen los niños respondió:
—Así es, papá.
En ese instante comprendí algo.
La fe de un niño crece cuando un padre le muestra dónde mirar.
No hacia el miedo.
No hacia la incertidumbre.
Sino hacia Dios.
Después seguimos caminando mientras sonaba una canción que ambos conocemos: "Three Little Birds" de Bob Marley.
Sé que Bob Marley no escribió una canción cristiana. Pero la verdad puede encontrarse, por gracia común, incluso en expresiones culturales que nos recuerdan principios que la Biblia ya había revelado.
La frase más conocida dice:
«"Don't worry about a thing, 'cause every little thing is gonna be alright."
"No te preocupes por nada, porque al final todo estará bien."»
No creo que la esperanza del cristiano consista en un optimismo vacío. Nuestra confianza no nace del azar ni de un pensamiento positivo.
Nuestra esperanza tiene nombre.
Se llama Jesucristo.
Por eso podemos descansar. No porque ignoramos los problemas, sino porque sabemos quién gobierna sobre ellos.
Desde una perspectiva teológica, Jesús nos revela a Dios como un Padre cercano que sostiene su creación. Su providencia no es un concepto abstracto: es el cuidado constante de Dios sobre todo cuanto existe.
Y desde una perspectiva escatológica, nuestra esperanza tampoco termina en esta vida. Sabemos que caminamos hacia el Reino definitivo de Dios, donde no habrá más dolor, ni lágrimas, ni muerte. Esa certeza transforma nuestra manera de vivir el presente. Quien conoce el final de la historia puede atravesar las tormentas con esperanza.
Llegamos finalmente a la puerta del colegio.
Antes de despedirnos lo abracé, le di un beso y le dije:
—Hijo, no te preocupes por lo que pase hoy. Todo lo que Dios permite tiene un propósito. Él está contigo. Confía en Él.
Y sonriendo le repetí:
—Don't worry... everything is gonna be alright.
Entró al colegio tranquilo.
Yo me quedé unos segundos viéndolo caminar hacia su salón, agradeciendo a Dios por ese pequeño momento que, probablemente, él recordará durante muchos años.
Entonces pensé en todos los padres que leen estas líneas.
Nunca subestimen el poder de sembrar fe en el corazón de sus hijos.
El mundo les hablará de muchas cosas.
Les hablará del éxito, del dinero, de la fama, de la competencia y del miedo.
Pero nosotros tenemos el privilegio de hablarles de Jesús.
Jesús mismo dijo:
"Dejen que los niños vengan a mí." (Mateo 19:14)
Y también afirmó:
"Si no se vuelven y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos." (Mateo 18:3)
Los niños creen con una pureza que los adultos hemos ido perdiendo. Creen en historias fantásticas porque su corazón todavía no ha sido endurecido por el cinismo.
Entonces, ¿por qué no hablarles del Dios verdadero?
¿Por qué no enseñarles que tienen un Padre celestial que nunca los abandona?
¿Por qué no formar una generación cuya fe sea firme antes de que el mundo intente quebrarla?
Quizá nuestra generación lucha porque aprendió demasiado tarde a confiar.
Pero nuestros hijos pueden aprender desde pequeños que el mismo Dios que alimenta a los pájaros también sostiene sus vidas.
Y tal vez, cuando ellos sean adultos y escuchen cantar unos pequeños pájaros al amanecer, recordarán que una mañana cualquiera su padre les enseñó que el cielo siempre ha estado lleno de evidencias del cuidado de Dios.
Porque, al final, los pájaros nunca dejaron de cantar.
Y Dios nunca dejó de cuidar de los suyos.
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